27 mayo, 2020

¡ESTEFANÍA! O cómo alimentar el juicio social

La historia de Christofer y Estefanía ha mermado muchos valores sociales. El problema no es que Estefanía le haya puesto los cuernos a Christofer. El problema es que todos hemos juzgado una infidelidad, un corazón roto y un abandono que nos es ajeno.

Cuando una cadena de televisión se permite animar el logotipo de su marca para hacer un muñequito corriendo por la playa que grita ¡Estefanía! a modo de transición entre dos publicidades, algo gordo ha pasado. Cuando durante un partido de voleibol de federación, alguien desde la grada grita ¡Estefanía! para animar, sin que haya nadie jugando con ese nombre, algo ha pasado. Y cuando en un bar o en un chat de whatsapp se invierte un tiempo extraordinario en hablar sobre un tal Christofer y una muchacha llamada Estefanía, algo pasa.

Y lo que ha pasado es preocupante, y no solo a nivel social, sino a nivel comunicativo. Fani y Chris eran pareja, dejaron de serlo y ahora, por lo escuchado, han vuelto después de todo lo sufrido. Estefanía, por si no lo saben, le puso los cuernos al pobre Christofer en un programa de televisión llamado La isla de las tentaciones, presentado por la gran experta en relaciones sentimentales Mónica Naranjo. Christofer, y aquí viene el grueso del programa, ha aguantado estoicamente todos los plantes de Estefanía, a la vez que él visualizaba junto a una hoguera una serie de vídeos en los que se veía de forma explícita cómo su novia tenía una relación sexual con otro hombre.

Todo esto hizo que el pobre Chris saliera gritando por la playa el nombre de su amada a modo de reproche. Si él, dolido y roto, no se hubiese ido corriendo por la orilla desgañitando ese ya mítico ¡Estefanía!, ¿hubiese sido todo igual? Supongo que sí, que nos hubiésemos enganchado a las pasiones desbocadas de Chris, y también nos hubiésemos reído a carcajadas desde la comodidad de nuestro sofá mientras alguien sufre de amor. No obstante, fue justo el punto de inflexión que la audiencia necesitaba, ese giro del amor al odio que todos hemos sentido alguna vez y esas ganas de perdonarlo todo a cambio de que todo vuelva a ser como antes. Empatizar con un cornudo es sencillo, nos hace humanos y compasivos. Y nos lo dieron.

Para mí lo más grave de todo esto no es que alguien le ponga los cuernos a otro alguien. O que un grupo de jóvenes adultos quieran reforzar los lazos de su relación amorosa acudiendo a un programa donde van a ser “tentados” por otras personas que cumplen con todos los estereotipos posibles infundados por Adonis. Para mí lo más grave es la potenciación, por parte de un medio de comunicación, del juicio público y de la exhibición indiscriminada de la vida privada. El problema es que estamos instaurando en la sociedad, en los jóvenes y no tan jóvenes, en los adolescentes, la idea de que todos podemos valorar las actuaciones de los demás. Y que no hay ningún inconveniente, es más, todo lo contrario, en olvidarnos de nuestra intimidad.  

Lo verdaderamente grave de este programa es que parece que alguien se ha tomado la licencia de acudir al negocio donde trabaja Christofer para preguntarle por qué ha vuelto con Estefanía, o que alguien se haya dedicado a ir y venir por la puerta del negocio gritando ¡Estefanía! subido en una moto. O que alguien que seguramente tenga mucho que callar se ha permitido el honor de juzgar a otro alguien por masturbarse o por tener un encuentro sexual libre y consentido con otro alguien. O, incluso, que alguien ha pensado que su criterio es suficiente como para llamar a una persona puta, chulo o tonto. Esto es lo grave.

Aunque reconozco que el detalle del logotipo de la cadena corriendo por la playa me hizo gracia, no voy a mentir, lo terrible es que estamos imponiendo como valor social el juicio injustificado, la exposición de la privacidad y la cesión de la intimidad al criterio de la masa. Y lo hemos dado como válido, como entretenido, como divertido. Y nos lo hemos comido sin masticar.

Después de este programa, la cadena emitió un debate durante varias semanas donde las parejas participantes hacía terapia por un módico precio. Por cierto, el 32,8% de los españoles no lee nunca.

Mercedes Barrutia ©2020
Periodísticamente ©2020

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